Cada comida que me toca preparar en casa durante la semana termina con frases como esta “¡Qué rico mami!”, “¡Te quedó delicioso!”, “¿Puedo probar más?”.

Palabras que elevarían el ego de cualquier mamá que prepara la comida para sus hijos. La verdad de todo esto es que cocino porque no me queda de otra, vaya, es que lo tengo que hacer.

Entre el pollo, las verduras, la carne, la pasta, las especias y miles de recetas que no hago, cada día que pasa me doy golpes contra la pared pensando que cocinar.

Tengo que tomar en cuenta que le guste al niño, que no le caiga pesado al papá con la grasa o el picante por la gastritis, o que a la niña que hay días que come en grandes cantidades, justo ese día sea uno de los que oliendo la comida se llena.

Se me acaban las comidas que les gusten a todos, incluyéndome a mí, que para colmo soy la que queda a lo último si de tratar de cumplir un antojo de comida casera se trata, primero que coman ellos.

Y sí, lo acepto, no soy la chef maravillosa que mis hijos creen, más bien soy una malabarista de la comida por necesidad, y es que algo que debería ser un placer es algo que no se me dio por instinto.

A veces pienso si mi madre no tuvo que ver con esto. Recuerdo que cuando niña mi mamá repetía por lo bajo que a ella no le gustaba cocinar, que no sabía cómo es que le quedaba la comida rica.

Esta frase quizá se instaló en mi subconsciente y logró que ahora en mi adultez repitiera el patrón. Todo es posible, porque los niños repiten acciones de los padres y seguro ese fue mi caso.

Mis menús son repetitivos, seguros al paladar de uno o del otro, que le gusten a tres de cuatro integrantes, pero sobre todo que se alimenten con la comida hecha en casa, que es la comida segura de mamá.

Un día el pollo con verduras que a veces alucinan, otro día bistecs a la mexicana con plátano frito y arroz, otro día sopa de pasta con pollo, otro día taquitos también de pollo. Como decía mi papá, un día nos saldrán alas.

Confieso que no me gusta cocinar, que lo poco que aprendí en casa de mi mamá es a hacerlo con cariño, pero que a la vez mis hijos entiendan que la casa no es un restaurant y que si un día no te gusta y no lo quieres comer lo acabarás comiendo más tarde seguramente.

Que si un día se sirve en la mesa agua de piña y no la quieres beber entonces tomarás agua. Que la mesa es para convivir y platicar de nuestro día, no para ver televisión.

Sé que lo mío no es hacer grandes platos, cenas navideñas o esos fabulosos postres que se ven tan fácil en redes sociales. Seguramente en un futuro haremos un delicioso pastel de chocolate solo por diversión, pero hoy no.

Así sea un huevo revuelto con sal, confieso que el ingrediente que hace que a mis hijos les parezca delicioso es que fue sazonado con amor, el amor de mamá.

Foto: vía

Post escrito por Any Fuchok y publicado originalmente en Disney Babble Latinoamérica.

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