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El día en que mi hijo de 9 años se convirtió en un pre adolescente 

Mis días como mamá transcurrían normales: escuela, ir y venir en el tráfico, hacerla de chofer por las tardes, romperme la cabeza con las tareas de quebrados de mi hijo mayor y el aprender a escribir en cursiva con la menor… ¡y es que así son los días de una mamá!

No estaba preparada para los cambios que se avecinaban, ya que en mi cotidianidad la vida seguía su curso “normal y tranquila” ¡Que equivocada estaba!

El inicio del cambio

Recuerdo perfectamente que todo comenzó un sábado. Era el día de descanso de mi esposo en la oficina, nos disponíamos a salir a desayunar, una actividad que venimos realizando prácticamente desde que somos una familia.

Le pedí a mi hijo mayor que por favor se vistiera para que saliéramos, eran apenas las nueve de la mañana. Ya sabemos que los niños parece que los fines de semana les encanta despertarse igual de temprano que cuando van a la escuela.

Mi Padawan dijo simplemente “No”. ¿Cómo que no? Le pregunté.

Cuando lo observé para tratar de entender el tono de su respuesta vi a otro niño. Pensé “a este niño me lo cambiaron”, y es que ciertamente no era el mismo de ayer o el de apenas hacía unas semanas… extrañamente era “otro”.

Él repitió molesto “No. No me quiero vestir, no quiero salir”. Para ese momento yo ya tenía cara de “what”, o también podría ser como la cara de la llama del meme “¿kestapasando?”.

Acto seguido, se encerró en su recámara dando un portazo, casi como de película teen donde los adolescentes hacen drama total. ¿Adolescente dije? ¡Pero si mi chico apenas tiene nueve años!

Me volví todos los tipos de mamá

Le insistí en todos los tonos: como mamá tranquila, mamá ansiosa, mamá desesperada y al final mamá gritona. ¡Sí! Mamá gritona. Todo lo que he leído sobre crianza con apego se me olvidó, la situación se me salió de las manos. Éste era un caos para el que no estaba preparada.

La mamá de alta demanda perdió la paciencia. Mi Padawan no hablaba, me ignoraba, estaba enojado conmigo por algo que desconocía. Lo poco que hablaba redundaba en que no quería ir a desayunar y punto… y por alguna razón el salir a desayunar lo tenía enojado contra el mundo y contra mi… y yo no entendía porqué ¡y quería saberlo!

Llegué al punto de la furia al insistir de varias formas y no obtener una respuesta de su parte. Todo se salió de control y confieso que le pegué una nalgada… o varias… El no sabía lo que eran golpes, hasta ese pinche momento.

Salí de su habitación enfurecida, pero ya no con él si no conmigo misma. Por perder la cordura y mi lugar de adulta. ¿Cómo podía haberle pegado a mi hijo? Ese pequeño que he creado con amor y respeto, al que ese día no pude controlar.

Aceptar los cambios aunque nos duela

Hablé con mi esposo de lo que había pasado allí dentro. El me desconocía por mi actuar ¡y yo más! Decidimos ya no salir y esperar a que el niño estuviera mas tranquilo, ese niño que estaba dejando de serlo y que estaba externado su opinión, incluso de un modo que el no había mostrado antes.

Casi tenía ganas de cortarme la mano con la que le pegué. Suena ridículo, pero ahora con el tiempo se que fue un sentimiento de culpa terrible . Busqué ayuda y una amiga sicóloga me confirmó lo que pensaba: que quién fuera mi bebé de alta demanda estaba entrando a la pre adolescencia, que otra etapa me venía y que debía estar preparada. Me dió unos links con información que leí ávidamente.

Hoy mi chico sigue creciendo y yo junto a él en esta etapa.

Disfruta el crecimiento de tu peque, porque es muy cierto lo que dicen las abuelas “el tiempo pasa muy rápido, un día dejará de estar en tus brazos y querrá emprender el vuelo”. ¡Ese es mi moto todos los días! ¿Cuál es el tuyo?

Foto Pre teen de Shutterstock

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