Ayer por la tarde di una orden en casa que no se cumplió y mi paciencia se salió de control.

La historia en corto fue así: Tuve que salir a hacer un pago, le pedí a mi hija que cuando regresara quería que estuviera bañada y que si quería podía seguir viendo sus caricaturas en la televisión. La orden parecía quedar entendida. Salí, hice mi diligencia y regresa. Llego a casa y la niña en el mismo lugar que la dejé vigilada de un adulto que sabía la orden pero sin bañarse.

Me encendí como un cerillo. A veces ni todos los libros ni todos los consejos hacen que uno recupere el aplomo y grité y regañé como tenía mucho que no hacía. Subí y la bañé de muy mala manera. Al final la consecuencia fue que no podía seguir viendo la televisión.

Ella entre triste y que no lloraba. Cuando me tranquilicé me sentí tan mal.

Ese horroroso sentimiento de culpa que tenemos las madres cuando nos salimos de nuestras casillas. Cuando sentimos que hasta las órdenes mas sencillas se nos sale de control. ¿Cómo es que a estas alturas y con todo el «aprendizaje de mamá» que tengo pude comportarme así, como mi hija, mi cachito de sol que olvidó la orden de su mamá porque estaban mas divertidas las caricaturas de My Little Pony.

Mientras tomaba mi propio espacio para tratar de calmar mi enojo, ella jugaba sola en su recámara, de lejos la veía. A los minutos vino hacia mi cama y se acostó junto a mi, poco a poco, con miedo. Y así es, con miedo, justo el sentimiento que no quiero que mis hijos tengan hacia mi.

No hay duda que no existe la mamá perfecta, así trabajemos en ello todo los días.

Este episodio me hizo recordar estos comerciales de antaño que se llamaban «Cuenta hasta 10», muy famosos en los años 80´s ¿Los recuerdas?

La noche fue larga, dormí poco, pero la mejor sensación fue tenerla dormida a mi lado, viendo la paz en su rostro. Realmente ni hizo nada malo, la mala fui yo. Y así en silencio la abrazaba mientras la veía descansar, pensando en lo mucho que la quería y que siempre habrá otras formas de reprender antes de gritar.

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