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  • #YoConfieso: Cuando era soltera creía que educar hijos era cosa fácil

    #YoConfieso: Cuando era soltera creía que educar hijos era cosa fácil

    Yo confieso: Cuando era soltera creía que educar hijos era cosa fácil

    ¡Gran error! Los años de experiencia como mamá nos hacen valorar el amor y la dedicación que pusieron nuestras madres durante la infancia. No hay mejor consejo otorgado que el de una madre experta en el arte de criar.

    ¿Alguna vez no tuve hijos? Parece que los recuerdos que tengo de esa época se remitieran a la prehistoria, al siglo pasado, a mis sueños, y es que mi vida cambió de sentido desde que tuve en mis brazos a un bebecito que solo quería estar pegado a la teta de la mamá.

    Un pequeño con el que conocí el parto natural y que aún imaginándome el dolor que me decían sería, no fue ni comparado con lo que en realidad sentí.

    No hay día que no esté lleno de abrazos, de frases de amor y regaños, la verdad es que sí hay días, en los que los niños están muy inquietos e incontrolables. Pero hay que tener cuidado también con la forma de reprenderlos, mostrarles las consecuencias de sus acciones y hasta manera de guiarlos con las tareas, educar a un hijo no es cosa fácil.

    Una vez mi mamá me dijo: “cuando ustedes eran niños no había tanta educación para las madres, la mayoría lo hicimos como nos indicó el instinto y con la ayuda de nuestras madres o mujeres con experiencia de la familia: las mamás de hoy tienen a la mano el internet con muchas páginas de maternidad, revistas, libros y pediatras a elegir, es muy diferente a como te crie yo, hija”. Y como en todo, mi madre tenía razón.

    Cuando era una joven universitaria, los niños y bebés que tenía cerca mío eran los de mi familia, mis primitos, a quien veía junto a mis tías. Yo observaba cómo se partían en cuatro tratándoles de enseñar lo mejor que podían.

    Recuerdo a una de mis tías que decía la frase “está bueno para mí”, refiriéndose  a un niño bastante travieso, ¿cómo creen que fue el de ella? ¡Pues el doble de travieso!

    Yo entonces pensaba también “si hiciera esto o aquello tendría todo resuelto con su hijo”, y nada, gran error, nunca hay que opinar sobre la crianza de otras madres y menos si aún no tenemos hijos.

    En la vida encontraremos opinólogas de profesión, que estarán listas para dar un consejo no pedido a la menor provocación. Claro que cuando ese consejo viene de tu tía con siete hijos el consejo es más que bienvenido, la voz de la experiencia llega a nosotros de una forma cálida y precisa; cuando el consejo sobre el porqué tu crianza no es correcta viene de alguien que no ha criado ni sobrinos, no vale la pena perder el tiempo escuchando y haciendo corajes.

    A mí me recomendaron cosas sobre que los bebés pueden comer hígado de pollo a los cuatro meses de nacido, a que darle agua a un bebé porque la leche materna le deja la boca “pastosa” y hasta que hay que dejarlos llorar para que no se embracilen. Todos estos fueron consejos dados por mujeres que no tenían ni idea sobre la crianza y maternidad, y es que, cualquiera que tiene boca opina.

    Con el paso del tiempo, casi nueve años de experiencia como mamá he aprendido a cuando saber hablar y callar, y es que a ninguna mamá nos gustan las críticas sobre si lo estamos haciendo correcto o no, claro que siempre lo queremos hacer bien. Así que lo mejor es prestar oídos a la experiencia, a las tribus de madres, a las mujeres cálidas de tu familia; seguro ellas te darán lo mejor enseñanza.

    Y mi consejo para las que callan a un niño llorando en un avión, las que ponen caras al ver amamantar a una madre en un restaurante o las que creen que ser madre es fácil, solo les puedo decir una cosa: hablemos cuando seas madre y tu instinto natural aflore, mientras, suerte.

     

    Foto: vía

    Post escrito por Any Fuchok y publicado originalmente en Disney Babble Latinoamérica.

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  • #YoConfieso: ¡Adiós talla cero!

    #YoConfieso: ¡Adiós talla cero!

    Yo confieso pero no me consuela, esa es la verdad. ¿Pero por qué Dios hizo la comida poco saludable tan deliciosa? ¿Por qué los tacos al pastor no son light? ¿Por qué los pasteles de chocolate no saben a la medicina más fea para que no los quisiéramos ni oler? Son de esas incongruencias de la vida que aún no entendemos.

    Cuando estaba soltera sin hijos no sabía lo que era un plato balanceado, comía lo que mi mamá cocinaba sin pensar que lo había hecho con manteca de cerdo (como le enseñó mi abuela). Ni pensar lo que le estaba haciendo a mis venas y mucho menos a mi estómago que estaba feliz hacia adentro, cuando podía presumir de un ombligo sexy y carismático a la hora de ponerme un traje de baño.

    Toda la ropa me lucía bien, al menos así me sentía: sexy, guapa, varita de nardo, con ganas de explotar mi talento y con ganas de comerme al mundo… bueno, ¡que los sueños se realizan o se posponen pero no se olvidan!

    Y así, sin saber que ese pantalón talla 26 quedaría en el olvido de mi closet, allá arrumbado esperando mejores tiempos… que creo nunca regresarán.

    Un día, la chica que se sentía sexy, guapa, varita de nardo y con ganas de comerse al mundo se convirtió en mamá, y con 12 kilos arriba sufrió la primera depresión post parto cuando creyó que saliendo el niño se pondría de nuevo sus jeans favoritos… ¡gran error! Tuvieron que pasar nueve meses, y con ayuda de la lactancia materna exclusiva y prolongada puede bajar los 12 kilos que me había hecho subir el primogénito. Eso sí, las caderas un poco más pronunciadas donde antes no había mucho; en la fiesta de mi primer hijo pude lucir como estaba antes de embarazarme, ese fue un logro que todavía no olvido.

    De tan flaca, tan flaca…

    Pues uno empieza a comer con un “supuesto permiso de flaqueza”, hasta que ves que ya no pesas lo mismo, y que a todo lo que le entraste con gusto y alegría ya te han hecho subir 10 kilos. Los cachetitos aparecen y los rollitos de la espalda no sabes cómo  esconderlos así que adiós a las blusas pegadas. Tan linda te ves que viene el premio, ¡otro embarazo! y a subir lentamente otros 12 a 15 kilos más… mientras tanto a seguir disfrutando los antojos propios del embarazo, ¡uff!

    Y de nuevo el mismo ciclo: nace el crío, bajas con ayuda de la lactancia y te estancas. Luchas por hacer ejercicio pero acabas tan cansada la jornada que lo único que quieres levantar de peso es el del edredón de la cama y a dormir. ¿Correr por las mañanas en el parque? ¿Qué es eso? ¡Correr por la mañana pero para ir a llevar a tus hijos a la escuela, eso sí es correr! Haces un esfuerzo por comer todo lo verde, las ensaladas, las verduras, los jugos… hasta que se te presenta un hot cake dominical y piensas: “bueeeno, solo por hoy”. Así te vas, por la vida, entre comiendo sanamente en casa y dándote gustos los fines de semana.

    Pero es que, ¿Qué sería de la vida si no pudiéramos comer un rico helado de fresa? ¿Tomar un refresco que no sea de dieta? ¿Probar una rebanada de pastel en una fiesta? yo creo que sí podemos hacerlo y también creo en la famosa frase “con medida”, por ejemplo la rebanada de pastel compartirla con tu hijo e hija en vez de pedir una rebanada para cada quien y así quitarse el antojo.

    Estoy resignada a pensar que no volveré a tener el cuerpo de soltera, me gusta aceptar que tengo el cuerpo de una madre con dos hijos que se permite disfrutar de las cosas ricas de la vida aunque ya no sea una talla cero, soy una talla de mamá real.

    Foto Flickr/Yarden Sachs

    Post escrito por Any Fuchok y publicado originalmente en Disney Babble Latinoamérica.

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  • ¡Qué difícil cortarle las uñas al bebé!

    ¡Qué difícil cortarle las uñas al bebé!

    Cada que le crecen las uñitas a mi hijo es un sufrimiento para mí. Como si fuera la tarea más difícil voy dejando hasta el último momento la hora de ejecutarla, ya que me es muy complicado cortarle las uñitas a mi peque.

    En teoría hay que cortárselas cada semana, pero con este niñito no se puede esa periodicidad… a veces espero hasta dos semanas para hacerle el corte casi al ras para que le duren otras dos, es que el niño con cada corte de uñas brinca…y otro corte y brinca… y así. Si contamos con tres cortes por uña, multiplicado por veinte uñas hacemos un total de 60 brinquitos, je.

    En fin, el caso es que esta hazaña la tengo que hacer cuando esté en lo más profundo de su sueño de medio día, porque en la noche no prendo más que la luz de la lámpara y por más que lo intento ¡no veo!, así que ni hablar, con la luz del día y evitando los brinquitos.

    Y es que la verdad tengo una fea experiencia: cuando el niño tenía como mes y medio le quise cortar sus uñitas, lo tenía en mis brazos dormidito y con mi mano derecha estaba maniobrando el cortauñas, cuando entonces escuché un quejidito que le salió a mi tierno de lo más profundo… le hice un pequeño cortecito en su dedito, solo hizo «ahhg» ¡y se volvió a dormir!… ¿yo? llorando y pidiéndole perdón a mi chiquitito, de allí le a tomé miedo a esta tareíta y sufro cada que se acerca el momento del cut.

    Ya no puedo dejárselas tan larguitas o en la escuela le ponen una espantosa X en el apartado de higiene, así que ni hablar, ¡a vencer el miedo y a volarle las uñitas de gatito!

    Foto destacada Vía

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