Nos remontamos hace más de 30 años…
Erase una vez un niñito llamado Héctor. Un día su mamá le dijo: «Hijito, acompañame a inyectar a tu hermanito, ya que le tocan vacunas». Héctor que era el hermano mayor se puso muy sonriente, y entre su picardía iba pensando que le tocaba inyección a su hermanito menor y a él no. Llegando al centro de vacunación pasó primero Jorge el menor, allí le pusieron sus piquetitos, Héctor no podía desdibujar la sonrisa de su rostro, hasta que escuchó una voz de su progenitora que dijo: «a él también señorita!». Gran chasco se llevó Héctor, ya que también lo tuvieron que picar mientras que estaba creidísimo de lo contrario!
Esta historia real la cuenta mi suegra y siempre nos hace mucha gracia, es la anécdota de mi esposo y su hermanito a la hora de llevarlos engañados a vacunar.
Ahora las vacunas le tocaron a mis Patitos.
Ayer los vacunaron y mi hijo también se fue engañadito, el momento para la historia también será recordado por mi suegra quien nos acompañó al Centro de Salud.
La nena recibió cuatro vacunas, las de los dos meses que aunque ya tiene tres meses tenía que ponérselas sin falta (Hepatitis B, Pentavalente, Rotavirus y Neumococica), y el mayor que ya tiene tres años también recibió dos pinchazos (Pentavalente e Antiinfluenza -retrasadísimas-).
La enfermera, una señora mayor, opinó que ahora existían tantas vacunas en la cartilla debido a tanta «basura» que existe en el aire, que es mejor vacunarlos aunque lloren.
Es la total verdad.
A los dos les dije una frase en el oído antes del primer pinchazo: «hacemos esto porque te amo».
Foto vía
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