Ayer pasó de nuevo. El mayor viendo la tv, yo trabajando en la lap en el comedor y la nena dormida en la sala. De pronto ella despertó, y casi dormida como pudo bajó del mueble y se dirigió donde yo estaba, se subió conmigo a la silla y se me sentó en las piernas.
De pronto gira su cabecita a un costado del altar que puse en casa y me dice: «¡Mía Tata mamá, mía Tata!» («Mira Tata mamá, mita Tata!»), «Tata» es como yo le dije que se llama su abuelo, mi papá. Le pregunté: «¿Dónde hijita, donde está?», solo se quedó viendo a la altura de alguien de pie junto al altar. Primer susto de ayer.
Ya por la noche, el mayor antes de dormir me dice, «mami estoy feliz porque mañana voy a conocer a mi abuelito», puff, golpe al corazón, que cosa tan horrible sentí cuando dijo eso mi niño de cuatro años.
Le pregunté que como lo va a conocer, ¿Dónde? Él en su inocencia solo me dijo que «va a venir mañana». Ese fue el susto dos.
Pensando que la inocencia en los ojos de los niños pueden ver más que en el corazón dañado de un adulto. Si mi papá, en su luz o presencia tuvo un acercamiento con mis hijos que bonito, pero igual no termina de asombrarme este tipo de cosas.
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